Cercanías: Toledo

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Cercanías: Toledo

Mensaje por Mesaria el Vie Ene 07, 2011 3:02 pm



La fascinación que despierta el legado de esta ciudad de estructura medieval, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986, no debe cegar una mirada más detenida sobre la vida cotidiana, ese día a día de sus gentes, que ya entrando en la segunda década del siglo XXI cohabitan sin estridencias con las huellas de civilizaciones antiguas. Por su simbolismo y su localización sigue siendo el corazón peninsular. También por su peso espiritual, ya que, pese a los vestigios judíos y musulmanes, el cristianismo marcó con fuego su capitalidad, recuperando aquello que una vez le fue arrebatado con una contundencia que impacta y que en ocasiones llega a alcanzar el exceso ornamental, lo que resulta provechoso a la hora de admirar su riqueza artística.
Esta curiosa armonía de herencias no sólo queda reflejada en los más de 100 monumentos por visitar, sino también en su idiosincrasia, en el ambiente de sus calles y en sus fogones. Hay que callejear por su caso antiguo con predisposición a dejarse sorprender.
Las últimas novedades nos asaltan antes de cruzar la visigótica Puerta de Bisagra, muy similar a la desaparecida Puerta de la Vega (Madrid), con su matacán y su arco. Una moderna red de escaleras mecánicas ha abierto nuevas vías al interior de la fortaleza, desde el Paseo de Recaredo a la Subida de la Granja. Esta desafiante intervención urbanística, firmada por Elías Torres y José A. Martínez Lapeña, se abre con discrección en el perfil ascendente de la ciudad sin romper la sintonía del conjunto y ha sido todo un acontecimiento en los últimos años en la capital castellana.
En la misma ladera nordeste, el inminente Palacio de Congresos, proyectado por Rafael Moneo, se prepara para acoger los numerosos eventos y convenciones que congrega anualmente Toledo. Un espacio integrado en el entorno y adaptado a las necesidades actuales, que se completa con los Jardines del Miradero, con un gran aparcamiento interior y con otro remonte de cremallera que conecta en minutos la estación del AVE con la Plaza del Zocodover, punto estratégico desde el que recorrer el centro de la ciudad. En la línea del cielo de Toledo hay tres construcciones que destacan: el Alcázar, la catedral y el monasterio de San Juan de los Reyes. El Alcázar eera la sede del reino de Castilla hasta que Felipe II levantó El Escorial, y antes de la reciente reconstrucción de Juan de Ávalos había sido destruido cuatro veces por el fuego y sitiado durante la Guerra Civil. Ahora sus instalaciones se dividen entre el Museo del Ejército y la Biblioteca de la Comunidad Autónoma, desde cuya octava planta, en la galería que comunica la entrada con la sala de lectura, se pueden contemplar unas vistas privilegiadas.
Otra opción para divisar Toledo desde las alturas es el campanario de San Juan, previo pago de simbólica entrada. Su iglesia estaba llamada a ser el sepulcro de los Reyes Católicos hasta la toma de Granada, ciudad con la que tiene tanto en común: la convivencia (a veces forzosa) de las tres culturas, las laderas amuralladas junto al río, los patios de recreo donde cobijarse del sol entre fuentes y frutales, su animada vida universitaria...
Hay en el casco tal oferta religiosa que las diferentes rutas temáticas permitirían pasar una semana visitando los secretos de iglesias, ermitas y conventos. Claro que nada es comparable con la inmensa catedral de estilo gótico francés, cuyas impresionantes columnas y bóvedas, el retablo de su capilla mayor y ese coro de indescriptibles bajorrelieves quitan el hipo al más agnóstico. El templo es un museo en sí mismo (de entrada gratuíta en las tardes de domingo), con obras de Zurbarán, Goya, Velázquez, Rafael, Tiziano, Bellini y Rubens. Y, por supuesto, de El Greco, que todos sabemos está vinculado con la ciudad, cuyo "El entierro del Conde de Orgaz", con su portentosa recreación del cielo y la tierra en la modesta parroquia de Santo Tomé, sigue siendo el punto de peregrinaje indiscutible al pasear por la judería.
La sobriedad exterior contrasta con la elaborada ornamentación interior de este barrio que se alza sobre los meandros del río Tajo. Importantes artesonados mudéjares se conservan en la sinagoga del Tránsito, sede del Museo Sefardí, y en la antigua sinagoga mayor, convertida en iglesia de Santa María La Blanca, cuyo espectacular juego de luces y la mezcla de estilos rozan el delirio. Como contraste, destaca la discrección de las mezquitas del Cristo de la Luz, antigua catacumba recuperada como iglesia, y de las Tornerías, actual centro de promoción artesanal de Castilla-La Mancha.
Pero hay un Toledo aún más oculto y fascinante. Sus pasajes, plazoletas y cobertizos forman un laberíntico entramado que esconde tesoros que muchas veces no conoce ni el propio toledano, dado que la expansión urbanística de la ciudad lo aleja cada vez más del centro histórico. Rincones románticos, como el cerro de la Virgen de Gracia; callejones tenebrosos, como el del Diablo o el de los Muertos; miradores con atardeceres de ensueño, desde el castillo de San Servando, y caminos inhóspitos como la Cuesta del Águila o el Callejón de Orates. Todos ellos, espacios cargados de leyenda, al margen de las rutas tradicionales. Algunos se incluyen en visitas nocturnas que buscan ese otro enfoque, como los recorridos por el patrimonio desconocido y los últimos restos arqueológicos recuperados.
Parte de la herencia de romanos y árabes, más secretos resultan aún los patios interiores de casas y palacios, cuya belleza contrasta con la sobriedad en sus fachadas. De nuevo la similitud nos remonta a los cármenes granadinos del Albaicín. Son espacios habitados por fuentes, cerámicas y plantas que se engalanan especialmente durante las fiestas del Corpus Christi para exhibirse al público, hacia el final de la primavera, cuando la ciudad alcanza su cenit festivo, que se vive también con las celebraciones de la Semana Santa o con los fuegos artificiales de la Virgen del Sagrario en agosto.
Pero Toledo hay que contemplarla también desde fuera para poder apreciar su mayor atractivo, lo bien integrada que está la ciudad en el campo circundante y lo accesible que es a través de una serie de senderos para viandantes y ciclistas. Atravesando el Tajo hacia el oeste se encuentra la zona de los cigarrales, una colina llena de villas con encanto desde contemplar el casco monumental, apenas a un kilómetro de distancia. En aproximadamente una hora se puede recorrer a pie el sendero de la regenerada ribera, desde el puente de Alcántara al de San Martín, para ascender dos kilómetros hasta la iglesia de San Jerónimo y disfrutar del panorama tanto de día como de noche. Adaptados a la accidentada orografía, los cigarrales son un oasis de paz donde refrescarse y descansar. Magníficas construcciones históricas recuperadas que tienen su antecedente en las antiguas villas rústicas romanas, recuperadas como huertos de recreo por los musulmanes. Cortijos con terraza, canales de agua y patios empedrados, donde se levantan cipreses, olivos, albaricoques y almendros, cuya eclosión primaveral es espectacular.
En muchos de ellos se instalan ahora algunos de los mejores hoteles de la ciudad y amplios espacios señoriales para celebraciones familiares y empresariales. Otros permanecen como mansiones privadas y sedes de organismos culturales, como la Fundación Gregorio Marañón. Por el cigarral de Menores, del autor de "Elogio y nostalgia de Toledo", pasaron Ortega y Gasset, Baroja, Azorín, Unamuno y Galdós, quien le descubrió la ciudad. Hasta aquí acudían de celebración los alumnos más insignes de la Residencia de Estudiantes, Dalí, Buñuel y García Lorca. El poeta concluyó en sus patios "Bodas de sangre". Muchos antes quedaron embaucados por el entorno Garcilaso, Lope, Tirso... De siempre ha sido foco de creación y sabiduría, punto de encuentro de artistas, intelectuales y nobleza.
Los cigarrales representan un símbolo de prestigio social. La grandeza institucional de Toledo reside en acoger reuniones confidenciales entre importantes personalidades. El antiguo embajados israelí Shlomo Ben Ami fue dinamizados de este tipo de encuentros tras algunos de sus altos muros, una tradición que aún hoy en día continúa. El ambiente pausado en la ribera del Tajo, la agradable temperatura media, la naturaleza colindante y las vistas privilegiadas invitan a la tertulia prolongada de sobremesa tras un almuerzo con degustación de las exquisiteces castellanas.
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